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Cuando el teléfono se llamaba «electrófono» y la bicicleta era «velocípedo»

Así han cambiado los nombres en español de algunos inventos cotidianos

Las cosas no siempre se han llamado como las conocemos hoy. Algunas cosas tuvieron en sus inicios nombres en inglés (como tennis, foot-ball, public address… que ya vimos en un artículo anterior).

Las palabras también entienden de modas, y muchas han cambiado a lo largo del tiempo. Hoy no sabríamos qué es un electrófono, o nos costaría identificar un velocípedo o el embarcadero de nuestra ciudad, si no tiene río o mar. Pero antiguamente eran palabras de uso común que en algún momento cambiaron. Vamos a repasar algunas de ellas.

Electrófono: teléfono

Antes de la invención del teléfono tal y como lo conocemos hoy en día, ya existían algunos aparatos llamados teléfonos, pero eran algo más similar a un megáfono, y servían para hacer más audible la voz.

Por eso, cuando se inventó el teléfono que hoy conocemos, su primer nombre fue electrófono o teléfono eléctrico, ya que la principal novedad que presentaba era que funcionaba con impulsos eléctricos.

Sin embargo, a los pocos años de su invención el antiguo teléfono ya había caído en el olvido y el término se usó para el nuevo invento, que figuraba incluso en el nombre de las empresas explotadoras, como la Compañía Madrileña de Teléfonos o la Compañía Telefónica Nacional de España.

Telefonía Sin Hilos: radio

Cuando la radio comenzó a emitir en España, no se la conocía con este nombre. Las emisoras eran estaciones radiodifusoras, pero la tecnología también se conocía como telefonía sin hilos (TSH), y así aparecía en los periódicos:

Hoy en día se nos haría raro este término, seguramente lo asociaríamos a los móviles o a los teléfonos inalámbricos. Aunque la radio también transporte sonido a distancia (tele-fono) parece que esta palabra se ha quedado reservada para las comunicaciones personales.

Azote o ázoe: Nitrógeno

El término azote o ázoe significa sin vida, y fue el nombre que Antoine Lavoisier dio al nitrógeno, por eso en el cartel del balneario radiactivo de Madrid podíamos ver la inscripción “aguas radio-azoadas”.

Desde principios del siglo XX empezó a preferirse el nombre con el que conocemos hoy a este gas: nitrógeno. El también químico francés Jean-Antoine Chaptal lo había propuesto en 1790, a partir de dos raíces griegas que significan “que forma nitro”, un mineral nitrogenado pariente (química y lingüísticamente) del natrón, otro mineral usado tradicionalmente en las fábricas de jabón, vidrio y tintes. Con este nombre nuevo para el nitrógeno, el término azote pasó a mejor vida… referido a elementos químicos, claro.

Como curiosidad, hoy en día la raíz de azote aún está presente en algunos compuestos químicos que llevan nitrógeno, como las famosas benzodiazepinas.

Escuela de chóferes: autoescuela

Desde los años 20 ya encontramos en la prensa referencias a las “escuelas de chóferes”, es decir, los lugares donde estudiar para obtener la licencia de conducción. Mientras que en España este término desapareció y surgió el que hoy predomina (autoescuela), “escuela de chóferes” sigue en uso en América Latina.

Caminos de hierro y embarcaderos: vías y estaciones

Cuando a mediados del siglo XIX comienzan a construirse líneas de ferrocarril en España, no existían palabras para nombrar la infraestructura del nuevo transporte. El primer nombre que recibieron los puntos de donde partían los trenes fueron embarcaderos: así se llamaba por ejemplo el Embarcadero de Atocha (y hoy, la plaza donde aparcan los coches, sigue recibiendo ese nombre). Cuando los edificios se hacen más grandes y sofisticados, al gusto de la época y de las nuevas necesidades, comienza a emplearse la palabra estación.

Del mismo modo, fue muy popular a finales del XIX la expresión “caminos de hierro” para referirse a las vías o al ferrocarril en general, que incluso algunas empresas incorporaron en su denominación (como la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España, después integrada en Renfe). Finalmente, acabó triunfando la palabra “ferrocarril” (al principio, incluso podemos encontrarla por separado: Ferro-carril), que se convirtió en sinónimo de trenes.

Velocípedo: bicicleta

El barón de Drais fue un inventor prolífico, y entre otras cosas, diseñó a principios del siglo XIX una máquina con dos ruedas que ayudaba a desplazarse más rápido que se conoció como dresina (palabra derivada de Drais) o velocípedo (precisamente porque ayudaba a que las piernas caminasen más deprisa).

Y velocípedo fue el primer nombre que tuvo la bicicleta en nuestro país, y de hecho llegó a dar nombre en los años 30 a la Unión Velocípeda Española, que es hoy la Federación Española de Ciclismo.

Artículo realizado con la inestimable ayuda de Pac Vera, Simón Perera y Bea Lara.