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La Diagonal de Madrid, el plan que hubiera destruido Malasaña

La Gran Vía de Madrid fue construida a principios del siglo XX como la primera avenida a la europea de la ciudad, rompiendo el esquema de calles estrechas del casco histórico de la ciudad para comunicar Cibeles con Callao y Plaza de España. Para su construcción se derribaron cientos de edificios y desaparecieron decenas de pequeñas calles, sustituidas por una amplia avenida con grandes edificios.

Pero la Gran Vía pudo haber tenido una hermana: una Gran Vía Diagonal, un proyecto que empezó a idearse a la vez que la propia Gran Vía y que a lo largo de las décadas resucitó y se descartó varias veces. La idea era construir una gran avenida de varios carriles y rascacielos para unir la Plaza de España con Chamberí (a lo largo de los años fue cambiando el plan exacto, finalizado en Alonso Martínez, glorieta de Bilbao o plaza de Colón). Y para cualquiera que conozca un poco la fisonomía de Madrid queda claro que entre esos puntos hay algo que se interpone: el barrio de Malasaña, esa Meca de lo hipster.

Imagen: Wikimedia Commons

El gran esfuerzo de construcción de la Gran Vía, y la guerra civil, hicieron que el proyecto se aplazase durante décadas. En los 60 parecía el momento perfecto para llevarlo a cabo: el casco histórico de la ciudad estaba perdiendo habitantes, las antiguas casas no recibían ayudas para su rehabilitación y la inseguridad en la calle era patente. Además, las medidas para “mejorar” el tráfico (más carriles de coches y la conversión de plazas y jardines en aparcamientos) habían degradado los espacios públicos.

La idea era, por lo tanto, derribar los bloques de viviendas que se interponían en el camino de la nueva avenida, y sustituirlos por rascacielos, casas más al gusto de los años 60 o 70. Algunos edificios históricos como el Paraninfo de la Universidad (sede años después de la Asamblea de Madrid) o el edificio del Ministerio de Justicia lograron ser salvados de la piqueta por su protección histórica, pero otras joyas del barrio como el Teatro Lara o la Academia de Ciencias Exactas serían destruidas.

Este plan habría supuesto sacar de allí a más de 30.000 vecinos cuyas casas históricas (la mayoría del siglo 18 o 19) se decía que amenazaban de ruina, aunque muchos sospechan que más bien el problema estaba en los bajos alquileres que pagaban sus inquilinos por ser de renta antigua. La idea era sustituir estas casas por grandes edificios de oficinas y apartamentos para la clase media acomodada.

Y por supuesto, el coche era el gran beneficiado: destruir patrimonio para facilitar el movimiento del vehículo particular era un signo de modernidad. En aquella época se creía que crear nuevas vías ayudaba a la descongestión de la circulación (algo que algunos siguen teniendo por mantra hoy, pese a todas las evidencias en contra). Y para terminar de mimar a los conductores, la nueva avenida ofrecería cientos de nuevas plazas de aparcamiento.

El plan Malasaña, que tomaba el nombre no oficial de la zona (el oficial es Maravillas y Universidad) tuvo tres momentos de apogeo: a principios de los 50, en los 60 y a mediados de los 70, siempre con la oposición de los vecinos. La llegada de Tierno Galván al ayuntamiento terminó por enterrar este plan, que se sustituyó a partir de entonces por proyectos para pacificar las calles y ayudas a las comunidades de vecinos para rehabilitar las casas.

Más información: Somos Malasaña