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Así fue la primera salida del armario de la historia

Cuando los gays eran «uranistas»

La de Karl Heinrich Ulrichs fue, probablemente, la primera salida del armario de la historia moderna.

Desde muy pequeño, este alemán nacido en 1825 se dio cuenta de que le gustaban los chicos en vez de las chicas, como la sociedad le enseñaba. Se graduó en la universidad en historia y teología, y también realizó estudios de derecho.

En 1862, a la edad de 37 años, decidió contarle a su familia y amigos que era homosexual. En aquella época la palabra ni siquiera existía, así que inventó una propia: urning, palabra basada en la mitología griega que creó para designar a lo que él llamaba el tercer sexo, es decir, los hombres que se sienten atraídos por otros hombres, y que en un inicio él identificaba con tener psique femenina en un cuerpo de hombre. Para las mujeres atraídas por otras mujeres creó la palabra urninde, mientras que las personas heterosexuales eran dioning (hombres) y dioningin (mujeres). Todo esto lo recogió en su obra Estudios sobre el misterio del amor masculino.

En 1867 Ulrichs fue el primer homosexual en hablar públicamente de su orientación. Lo hizo en el Congreso de Juristas Alemanes de Múnich, el 29 de agosto de 1867. Ulrichs tomó la palabra y pidió a sus colegas que apoyasen una moción que exigiese la derogación del artículo del código penal prusiano que castigaba a los homosexuales. Fue abucheado hasta que tuvo que callar.

Pero esto no le detuvo. En 1870 publicó Araxes. Llamada a la liberación de la naturaleza del urning de la ley penal. En una época en la que la tendencia general era a pensar que la homosexualidad era un vicio y un pecado, afirmar que era algo natural que no debía ser perseguido era poco menos que revolucionario. Y lo cierto es que, aun hoy, el texto sigue plenamente vigente y podría ser firmado por cualquier asociación LGTB+.

El urning, también, es una persona. El, también, por lo tanto, tiene derechos inalienables. Su orientación sexual es un derecho establecido por la naturaleza. Los legisladores no tienen ningún derecho a vetar la naturaleza; ningún derecho a perseguir la naturaleza en el curso de su trabajo; ningún derecho a torturar a criaturas vivas que están sujetas a esos impulsos que la naturaleza les dio.
El urning también es un ciudadano. El, también, tiene derechos civiles; y de acuerdo a esos derechos, el estado tiene ciertos deberes que cumplir también. El estado no tiene el derecho de actuar por capricho o por el placer de la persecución. El estado no está autorizado, como en el pasado, a tratar a los urnings como si estuvieran fuera de la ley.
Esta claro que los legisladores tienen el derecho a hacer leyes que contengan expresiones del deseo urning, al igual que los legisladores tienen el poder de legislar sobre el comportamiento de todos los ciudadanos. Así, pueden prohibir a los urnings:
(a) la seducción de menores masculinos;
(b) la violación de los derechos civiles (por la fuerza, amenaza, abuso de personas inconscientes, etc.);
(c) la indecencia pública.
La prohibición de la expresión del deseo sexual, es decir, entre adultos que consienten y en privado, queda fuera de la esfera legal. Cualquier base para la persecución legal es insuficiente en este caso. Los legisladores no pueden hacerlo debido a los derechos humanos y el principio de estado constitucional. El legislador no puede hacerlo por las leyes de la justicia, que impiden aplicar un doble estándar. Mientras que el urning respete los puntos (a), (b), y (c) más arriba, el legislador no podrá prohibir que siga los designios de la ley natural a la que está sujeto.
Dentro de estos parámetros, el amor urning no es en ningún caso un crimen real. Todos los indicadores faltan. Incluso no es vergonzoso, decadente o malvado, simplemente porque es el cumplimiento de una ley natural. Está reconocido como uno de los múltiples crímenes imaginarios que han plagado los libros de leyes de Europa, para vergüenza de las personas civilizadas. Criminalizarlo parece, por lo tanto, una injusticia perpetrada oficialmente.
Simplemente porque el urning es desgraciadamente una minoría pequeña, no se puede dañar sus derechos inalienables y sus derechos civiles. La ley de la libertad en el estado constitucional también debe considerar sus minorías.
Y no importa lo que hayan hecho los legisladores en el pasado, la ley de la libertad no conoce límites.
Los legisladores deberían abandonar la esperanza de desarraigar el impulso sexual urning en cualquier momento. Incluso las ardientes hogueras en las que quemaron a los urnings en siglos anteriores no pudieron conseguirlo. Incluso amordazarlos y atarlos fue inútil. La batalla contra la naturaleza es una sin visos de victoria. Incluso el gobierno más poderoso, con todos sus medios de coerción que pueda emplear, es demasiado débil contra la naturaleza. Por otra parte, el gobierno puede controlar la batalla. El razonamiento y la consciencia del sentido moral de los mismos urning ofrece al gobierno una cooperación completa hacia ese objetivo.

Aún tendrían que pasar muchas décadas para que los gobiernos se decidiesen a legalizar las prácticas homosexuales, castigadas en gran parte de Europa hasta pasada la mitad del siglo XX, y no sería hasta principios del siglo XXI cuando se aprobarían leyes como las de matrimonio igualitario que acabasen con la discriminación legislativa (y aun así, contasen con oposición de conservadores con argumentos bastante surrealistas).

Por ello sorprende pensar que hace 150 años alguien fue tan valiente como para salir a la luz pública a admitir lo que era y exigir su derecho a ser tratado como los demás.

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